Cuatro conceptos. Tres: conversación
Posted on Mayo 28, 2007
Esta entrada es la tercera de una serie alrededor de cuatro conceptos con los que ando siempre de pelea cuando escribo y leo (otra manera de poetizar) poesía. La primera fue dedicada a la desazón, la segunda a la mirada y este tercero al concepto de conversación, al menos tal como yo trato de entenderlo en mi manera de escribir poesía. Escribir alrededor de ellos trata de ser una forma de aclararme, acompañado de ustedes, en lo que les pudiera interesar.
Siempre he tratado de evitar en mi poesía la canción del ombligo (yo mí me conmigo). Es cierto que la poesía es un ejercicio normalmente individual y que, inevitablemente, la personalidad del poeta está siempre en el centro de lo que escribe, ya sea un poema de amor o uno sobre la pauperización de las condiciones de trabajo en los primeros años del siglo XXI. Porque la mirada es siempre determinante, y la mirada es siempre personal, me remito a la entrada anterior.
Pero me ha preocupado siempre - y hablo en primera persona no por ombliguear (fuerte contradicción sería) sino porque no me siento capaz de establecer diretrices o doctrina en poesía que vayan más allá de lo que yo hago, y pensar en decirle a alguien qué y cómo tiene que escribir es algo que, simplemente, no puedo, ni sé, ni quiero hacer - que mis poemas fueran capaces de expresar una extensión de la realidad más allá de mi propia, y por demás no demasiado espectacular, vida (No me quejo, eh, las vidas espectaculares suelen ser horribles).
Uno escribe desde sí mismo, OK, desde su experiencia más radical (de raiz) y desde su condiciones personales y sociales, pero escribir desde, sobre, de, para, etc… uno mismo me parece un ejercicio agotador de aburrido, tal vez es que yo tenga muy poca “vida interior”. No creo que sea posible escribir como si los demás no existiesen, o como si existiesen únicamente en condición de comparsas, de actores secundarios de mi propia película. No creo que sea posible. Ni creo que se deba. Pero ese es otro tema.
Pero hay muchas maneras de hacer presentes a “los otros”, a los demás, en un poema.
Y, con el tiempo, siento que he encontrado dos maneras que me permiten no hacer que los demás estén en mis poemas como meras presencias, sino que, de algún modo conversen. No son maneras originales, en absoluto, por aquí andan Quiñones y Gelman, entre otros.
Una es dialogar con lo dicho/escrito/cantado por otros. Integrarlo en el poema, confrontar o maridar o enamorar lo dicho por otros con lo que yo pueda decir. De ahí la presencia frecuente en mis poemas de lo que llamo palabras ajenas pero anejas por cercanas, lo que creo que va más allá de la simple cita, aunque no cabe duda que hay versos, o frases capaces de hacer brotar un poema al encontrarnos con ellas. Esas citas o referencias no son un ejercicio de pedantería, sino parte de una conversación que se extiende por el poema.
La otra es tan natural como simple: preguntar. Noto que mis poemas en los últimos tiempos están llenos de preguntas. Y pienso que no son preguntas retóricas, al viento, para seguir alimentando mi discurso propio, sino que son preguntas de verdad, en serio, preguntas que buscan alguna respuesta. De alguien. De quien sea, demonios. Como dejó dicho el músico italiano Luciano Berio, en estos tiempos nuestros “No hay cómodas respuestas, sólamente incómodas preguntas.”
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