Desde el Budayén

Posted on Enero 8, 2008

He pasado algunos de estos días festivos volviedo a visitar, después de hace muchos años, el Budayén, el peligroso barrio que construyó George Alec Effinger, en su novela ciberpunk “Cuando falla la gravedad”.

Les describo el Budayén: se trata de uno de esos lugares donde un turista mal informado puede tener problemas, un barrio de una ciudad de Oriente Medio (pudiera ser El Cairo, pudiera ser Damasco) en un futuro no muy lejano donde la URSS ya no existe (la novela se escribe varios años antes de la desaparición del la URSS ) y los Estados Unidos se han diluído en pequeñas repúblicas. En las cuatro calles del Budayén se mezcla el tráfico de todo tipo de sustancias, con la compraventa de daddys (aplicaciones que las personas que han modificado su cerebro para ello, pueden conectarse para obtener habilidades como hablar de repente alemán sin acento, evitar tener miedo, o que las heridas duelan, por ejemplo) y moddys (estas hacen que las personas adquieran una personalidad ajena mientras los tienen enchufados, la de James Bond, por ejemplo, o la de la última superestrella del holoporno) mientras el aire vibra con la llamada pregrabada del muecín a la oración. Las operaciones de cambio de sexo, por otra parte, son cosa tan de todos los días que ni merecen la atención más mínima. En ese barrio se maneja malamente Marid Audran, de origen argelino, detective o algo así, sin mucho respeto a las leyes civiles ni religiosas, multitoxicómano pero muy puritano respecto al tema de ponerse cables en el cerebro. Audran se verán envuelto en una serie enloquecida de asesinatos que vienen a tocar los centros de poder del barrio, donde polis corruptos y mafiosos fundamentalistas mantienen un cierto equilibrio, pero tal vez haya algo más gordo detrás…

Effinger escribió “When gravity fails” en 1986, hace 22 años, y algunas de sus descripciones me han traido a la cabeza algunas calles del Madrid de hoy. La Trilogía de Budayén se publicó mal en España (con unas portadas demenciales, marca de la casa Martínez Roca, hace ya casi 20 años; alguien debería rescatarla de nuevo, ahora que el islamismo radical resulta ser uno de los actores de la actualidad y del futuro inmediato y que su mezcla con las nuevas tecnologías está muy documentada.

En un momento de la novela, Audran se describe a sí mismo, y se me vino a la cabeza un amigo mío, al que va esta nota con un abrazo. Dicen (lo oí en la radio) que hoy empieza en serio el año. Así debe ser, Inshallah.

Yo era un hombre sin deseos, el hombre sin miedo; un catalizador, un agente humano del cambio. Los catalizadores activan el cambio, pero sin alterarse. Prestaba mi ayuda a quienes la necesitaban y no tenía otros amigos. Participaba en la acción pero nunca resultaba tocado. Observaba más guardaba mis secretos. Así me veía a mí mismo. Así me preparaba para ser herido.

… y entre otro orden de cosas, otro amigo vino con un regalito: una web donde pueden escucharse los 44 poemas que se leyeron el pasado 21 de septiembre en la sala Youkali de Madrid durante la presentación de Once poetas críticos en la poesía española reciente. 44, como mis años… supongo que es un buen augurio para este que acaba de empezar :)

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