La destrucción de la forma

Posted on Junio 16, 2008

La luz nos oculta la luz

Para ver

Hacemos uso de lo oscuro

BBS

La destrucción de la forma ( y otros escritos sobre poesía y conflicto) es el último libro de ensayo literario de Antonio Méndez Rubio. Méndez Rubio es uno de los poetas más interesantes del panorama actual, entre otras cosas, por su tendencia a exprimir el jugo de las palabras, de tensarlas para hacerles decir cosas imprevistas, y por una voluntad antianecdótica, tendente a la abstracción, poco frecuente en la poesía española de los últimos veinte años.

El libro se divide en dos partes, la primera dedicada a lo que llama “Poesía y crisis en el decenio 1985-1995″. Estos años no son escogidos al azar por el autor. Son los años que se pueden identificar con un proceso de “normalización” de España y de la poesía escrita en España tras los años de explosión y ebullición cultural y política que siguieron al fin de la dictadura franquista. La tesis de Méndez Rubio es que la normalización política del país vino también acompañada de una escritura poética con voluntad normalizadora, que consideraba la existencia de las vanguardias artísticas de los años 20-30 y sus escrituras conflictivas, y con ellas, cualquier línea posterior que trabajara desde lo experimental, como un accidente dentro de una tradición de la lengua castellana de corte realista e hispanocentrista, (esto lo añado yo) en la que las poesías en castellano de los países de la otra orilla, donde el fragor vanguardista tuvo más continuidad, tenían escasa cabida. Esa “escritura de la normalidad” (la normalidad identificada normalmente con la no mala vida de un filólogo dedicado a la enseñanza o a la escritura, no mal remunerado, aunque todo pueda mejorar, frecuentador de bares donde deja fluir su nostalgia por el tiempo ido) que dieron en etiquetar “poesía de la experiencia“.

En esta primera parte, Méndez Rubio hace tres cosas; una: indaga escrituras diferentes, alternativas, que no siguieron la senda mayoritaria, y que enlazan las escrituras poéticas críticas actuales con la voluntad de experimentación e indagación de las vanguardias históricas, no consideradas, así, un accidente, sino una parte de una tradición alternativa de los poético como espacio de confrontación (y por tanto crítico) con la imagen predominante de lo real y con las escrituras autodefinidas como realistas. En esa línea ocultada, de “voces dormidas” inserta Méndez Rubio, a modo tal vez de contracanon, a los poetas postistas, a Valente, Pino, Gamoneda, Simón, Grande, hasta llegar a algunos de los Nueve Novísimos, ya en plena transición española.

dos: se acerca a dos conceptos que resultan en general confusos: canon y compromiso, para observar su imbricacación en un determinado momento, lanzando a las tinieblas exteriores de la memoria poética a las prácticas ajenas a una determinada concepción del realismo que, en un entorno cada vez más abstracto, donde las dimensiones de lo real se confunden con lo virtual (todo ese mundo de fantasía que los medios de masas nos venden, nos ofrecen como realidad), tiene serias dificultades para apre(h)ender lo que sucede y ejercer una acción crítica desarticuladora de supuestas certezas, esas que explicita o implícitamente aseguran que “las cosas no pueden ser (ni imaginarse, ni soñarse  siquiera) de otra manera”. En todo caso, tengo que decir que canon y compromiso son dos conceptos cuyo manejo en poesía me resulta escurridizo (igual es por mi condición de intruso) y a los que tendré que dedicar alguna entrada en el futuro, a ver si hablando en voz alta me aclaro.

y tres: Méndez Rubio se detiene en, revisita críticamente, aquel “Poesía y Poder”, el ensayo del colectivo Alicia Bajo Cero, que en su momento supuso un golpetazo sobre la mesa de la autocomplaciente poesía española de los 90.

Tengo que decir que, en algunos momentos, el volumen de referencias que Méndez Rubio maneja en esta primera parte es tan abrumador que hay momentos en los que no he podido evitar extraviarme. Habla de poesía y poder, del poder en la poesía, y de cómo ese poder escribe una cierta historia de la poesía española ocultando, borrando, todas aquellas escrituras que puedan contradecir, cuestionar, criticar, lo que se considera que ha de ser la línea dominante del realismo intimista y poco conflictivo. En ese sentido se me han venido a la cabeza conclusiones semejantes de Vicente Luis Mora en su “Singularidades“, y en otro ensayo muy atractivo: Poesía sin estatua de Álvaro García.

Pero, para mí, la parte más interesante y, de algún modo, práctica, de este libro, es su segunda , cuando Méndez Rubio se confronta con escrituras concretas: Valente, Diego Jesús Jiménez, Jenaro Talens, y digo esto porque, aún no conociendo yo en profundidad la obra de alguno de estos poetas, en su conversación con ellos Méndez Rubio ofrece una colección de ideas muy atractivas, prácticas en el sentido de que abren terreno para pensar en la escritura propia hecha o por hacerse.

Así me ha resultado muy sugerente la idea de la poesía como límite, siempre precario del lenguaje, siempre en riesgo y tensión, que construye alrededor de la polisemia de la palabra “canto”:

Las palabras saben más que nosotros. Hay en la etimología de la palabra canto una especie de etimología convocante: cantar, encantar, cantil, acantilado… En realidad lo que canto guarda al descubierto, es una huella entrecruzada de tres raíces: una, la raiz latina del verbo “cantar”, dos, la raiz latina pero cercana a un origen probablemente céltico que dio cantus, “entremidad, lado, llanta”; tres, de origen incierto, quizá prerromano, “piedra de construcción o suelta y redondeada por el impulso de las aguas”. La primera reune en el mismo espacio música y magia. La segunda señala la noción de borde o límite. La tercera, en fin, combina abiertamente el significado de material y el de intemperie o desbordamiento”.

Palabra que canta, la poesía, palabra extrema, en el límite de lo expresable, tratando de llevar ese límite un par de pasos más allá, poesía como desnudez y movimiento, ya que un canto es siempre una piedra suelta, no una roca inmóvil.

La otra idea práctica que encuentro en las reflexiones de Méndez Rubio es el de la poesía como un espacio en el que el yo (el ego-ista) se disuelve necesariamente para dejar lugar, espacio, al otro:

La poesía es así también la liberación con respecto a la autoridad del Uno-Mismo, una libertad que nace de una pasión y de una imposibilidad de sustraerse a lo(s) otro (s)

Así, frente a la poesía como se suele publicitar: confirmación y exaltación del yo y del poeta como un ser imbuido de sí mismo:

Mejor que un espacio o un no-espacio: un espaciamiento, un hacer sitio para que el otro respire: cuidar de la voz como espacio imposible de encuentro o como luz de cruce, para aprender con eso una nueva lengua, la lengua de la voz del cuidado.

porque, señores y señoras, no existe el individuo, ni la gente “de una pieza”: existen las personas, y las personas están hechas en muy buena parte de compartir continuamente diferentes espacios físicos y mentales, no hay persona sin relaciones y esas relaciones, que nos constituyen como personas, cambian, son fluidas. Somos siempre en movimiento y en lazos. El discurso del “individuo” trata de que olvidemos esto porque, como nos recuerda Méndez Rubio citando a Deleuze:

Como sabemos, las fuerzas represivas tienen siempre necesidad de Yoes asignables, individuos bien determinados sobre quienes ejercerse. Cuando nos hacemos más fluidos, cuando escapamos a la asignación de un Yo, cuando ya no hay hombre sobre el cual pueda Dios ejercer su rigor o que pueda sustituirle, entonces la policía se vuelve loca. No es nada teórico. Lo importante es lo que pasa ahora.

Y una poesía del encuentro, de la conversación, de los lazos, de los vínculos que liberan, se convierte, a su vez, en una herramienta de liberación:

ese sujeto, cercado por todo aquello que está ahí y que no controla, reconoce entonces su (im) personal “noche del sentido”, la opacidad del mundo, y lo hace con un frágil y semioculto posesivo “mi” que recuerda ahora la idea de Kierkegaard: decir “mi amor” ( o “mi sentido”) no para referirnos a aquello que nos pertenece sino para nombrar aquello a lo que pertenecemos”.

Bien, prácticas ideas para pensar la poesía, y para escribirla. Si todo eso les interesa, no duden en dedicarle un par de buenos ratos a La destrucción de la forma.

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