Lengua y poder
Posted on Marzo 19, 2008
En estos días pasados he estado siguiendo una de esa conversaciones Ugarte-Quintana que resultan tan sugerentes, alrededor de la política linguística, de las relaciones entre lengua y poder, por decirlo de manera más sencilla.
La conversación surge a raiz de un reportaje de El País sobre la situación de las lenguas en las instituciones y en el espacio europeo, partiendo de la preocupación por el predominio del inglés como lengua franca europea a medida que la Unión se va volviendo más plurilingüe. Esta preocupación ha dado pie a uno de esos “comités de sabios”, que tanto gustan en la UE, con el objetivo de buscar alternativas a esta situación. Una de las alternativas que plantean es la adquisición, por parte de los ciudadanos europeos de una segunda “lengua materna de adopción” por así decirlo, que diese más opciones lingüísticas a las personas, que el uso de un “inglés internacional” para comunicarse entre sí.
Pere Quintana, Enrique Gómez y David de Ugarte están escribiendo un libro que promete, y del que hay ya bastante avanzado y disponible en la Red: De las naciones a las redes, que incluye un capítulo de Pere, titulado Lengua e identidad en un mundo de redes distribuidas, donde destacan ideas verdaderamente simples, tal vez, que forman parte de nuestro vivir cotidiano, pero que tratamos de no percibir: el nuevo carácter fractal del mapa lingüístico alrededor de las ciudades (“en cada ciudad se hablarán más o menos las mismas lenguas, pero serán miles en cada ciudad.”), como las comunidades expatriadas lo tienen cada vez más fácil para mantener los lazos de lengua y cultura con sus países de origen a través de internet y los canales temáticos digitales, de modo que pensar en una “integración completa” en el país de acogida es ilusorio, como que a pesar del predominio del inglés, no hay una lengua de la globalización, sino un tejido mucho más complejo derivado, usando palabras de Pérez Galdós, de la novela personal de cada cual (“Porque la globalización no es un proceso de centralización, sino un proceso distribuido que multiplicará la potencia de las redes reales por encima de los estados y las identidades nacidas de estos”.).
A raiz del reportaje de El País, Pere escribió una entrada en su blog titulado La llengua s’ha de pensar fredament, que constata un hecho: que las lenguas, normalmente, no las elegimos, sino que nos vienen impuestas de algún modo por causas más o menos objetivas: por ser nuestra lengua materna, por sernos de utilidad en nuestro trabajo, por ser la de algún ser querido, por cambiar de residencia…, y en cierto modo, también expresa un deseo: que este tema se trate friamente y sin calenturas de otro tipo. Deseo difícil.
Difícil por la identificación entre lengua y nación que agitan los nacionalistas de toda bandera. La lengua marca el territorio de la nación real o imaginada. La lengua se espeta en un territorio y se observa el avance o retroceso de su predominio como se analizan los frentes de alguna especie de guerra. Y dentro de cada lengua, la normalización de una forma “correcta” de hablar y escribir han delimitado tradicionalmente con claridad las clases sociales de origen o pertenencia de cada cual, o incluso el predominio de un terrotorio sobre otro a través de una norma (el castellano “correctamente hablado”) del norte frente al habla de los sureños (”que no saben hablar, que pronuncian mal”). La lengua como herramienta de poder,como vía para el poder -ocultando el acento considerado “pobre”-, o como seña del poder que toda construcción nacional genera: Una nación, una lengua, una regla, un centro, un poder.
Sin embargo, cada vez va ser más habitual lo que David comenta en Escuelas, lenguas, redes y estados, personas transterritoriales que vivirán dentro de su comunidad lingüística, digamos, originaria, vivan donde vivan, que se relacionarán con la administración en la lengua o lenguas oficiales del estado, y harán negocios en el idioma de negocios que les toque…personas escurridizas, por tanto, difíciles de encuadrar en los terminos clásicos de nacionalidad.
En el ámbito de la poesía, aunque sea un fenómeno tal vez reducido y tangencial, creo que es destacable cómo algunos poetas deciden escribir en lenguas derrotadas, como el ladino empleado por Gelman en Dibaxu, o el dialecto romañolo empleado por Tonino Guerra. ¿Porqué lo hacen? ¿Buscando una identidad en la derrota? ¿Como una manera de resistir la trivilización de las lenguas “de uso” convertidas en jerga de nogocios y/o política (redundancia)?¿Para encontrar una carnalidad perdidas? ¿buscando cobijo en una lengua ajena al poder y a los discursos del poder? ¿un gesto de resistencia a aceptar en su poesía la lógica de la “construcción nacional”? ¿Buscando un lenguaje que sirva para expresar una verdad que sólo puede decirse desde una posición periférica, desde un lenguaje desnudado, desanudado, des-arraigado? Ahí queda la cosa…por ahora.
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