Poesía en tiempo de redes 7: Poesía mashup y des (o trans) autoría
Posted on Octubre 24, 2006
2. Un inciso: ¿Y la poesía canaria?
5. Rap, reggaetones, podcasts y oralidad
Poesía mashup y des (o trans) autoría
¿Mashup? Permítanme que prefiera esta palabra, con origen en el mundo de los DJ’s, a otras con más enjundia aparente, como “apropiacionismo” o “intertextualidad”, que me duelen en los oídos de la pedantería que exudan; me suenan a ese titánico esfuerzo intelectual por dotar de una pátina de respetabilidad a cualquier ocurrencia, capaz de producir infumables tochos supuestamente profundos para autojustificar una plaza universitaria. Los DJ’s son más sinceros:
se trata de mashup, esto es, de amasar, de aprovechar lo que está aquí, utilizarlo como ingredientes de una receta para crear un nuevo plato por medio de herramientas nuevas que nos permiten hacerlo: el sampler, la informática, los archivos digitales…y en función del sentido del ritmo, de la sensibilidad del amasador, del DJ, que produce música nueva tirando de vieja. En términos menos musicales podríamos hablar de “cortapega”, esa fantástica utilidad de cualquier programa de tratamiento de texto, que pone tan nerviosos a los docentes y que requiere más habilidad de lo que habitualmente se dice para que produzca resultados coherentes.
En música, el mashup es un estilo perfectamente consolidado, con sus redes, sus artistas punteros, sus innovadores, sus polémicas. ¿Cuánto tardará en suceder lo mismo en poesía? Esperen un momento…¿No ha sucedido ya de diferentes maneras, no viene sucediendo desde siempre? Me explico: hace mashup el escritor que conscientemente o no utiliza versos escritos por otros autores y los incorpora a un nuevo contexto (quizás resulte que los DJ’s sean gente más honesta que algunos poetas, porque aquellos siempre indican los materiales de los que parten, cosa que, frecuentemente no se ha dado en nuestro gremio). Hace mashup el poeta que utiliza textos históricos por ejemplo, y los introduce en su poema para al encontrarles la dimensión poética oculta tras la tal vez aparentemente seca prosa. Y tal vez hacemos inconsciente mashup todos los que nos dedicamos a escribir poesía, porque no hacemos otra cosa que darle vuelta a todo un acervo, una tradición de textos y conceptos que forman parte de nuestra memoria poética y de una tradición ancestral, donde todo ha sido dicho y cantado varias veces de varias maneras, utilizando, además, un código no propietario, abierto, de comunicación: la lengua, que no es patrimonio de nadie, que es el procomún por excelencia. Auden: “La gloria y la vergüenza de la poesía están en que su medio de expresión no es de propiedad privada, en que el poeta no puede inventar las palabras y en que las palabras del poeta no son productos naturales sino sociales, y utilizados para cumplir mil funciones diferentes“.
En todo caso, la tecnología permite a cualquiera construir su poema con materiales poéticos (o no) que están a su alrededor, y, tal vez, eso es lo que hemos hecho siempre, antes de la existencia de las pantallas, cualquier lector de poesía. Porque el acto de la lectura del poema deriva resultados absolutamente diferentes a los originalmente planteados por el poeta. Como dijo Eliot, en una de sus intuiciones tan reflexionadas: “El poema tiene una existencia que está entre el poeta y el lector”. El poema del lector es diferente al del poeta, porque diferentes son sus contextos, sus bagajes, y, por tanto, sus maneras de leer (y leer es hacer) el poema.
El poeta polaco Adam Zagajewski, dijo hace poco en una entrevista que “los lectores de poesía son poetas que han optado por guardar silencio”, dicho de otro modo, tal vez más a mi gusto: han optado por aprovechar los materiales que el poeta pone a su disposición para crear su propio poema. El lector es el poeta final.
Esta concepción de siempre, enterrada por el peso de los discursos ególatras, es, en el mundo de las tecnologías digitales y en/red/dadas, aún más evidente. Dice Clemente Padin:
“(…) La acción del corresponsal es diferente en dos sentidos: puede iniciar la lectura en donde quiera (estableciendo de esa manera la significación del poema) y puede, también, adicionar informaciones de cualquier índole de acuerdo con las posibilidades expresivas que le ofrecen los programas en acción, pudiendo generar nuevas versiones de la matriz que le ofrece el poeta, a la manera de las propuestas del Poema/Proceso brasileño (el lector como bricoleur, según Levi-Strauss).
Y tal vez nuestra función como poetas no sea otra que fabricar materiales poéticos, matrices, recogiendo el término de Padin, que a su vez generamos reciclando otros, para que el lector, poeta final, bricoleur poético, los utilice, los recicle, los integre en su vida e, incluso, en su creatividad de la manera que más le guste. Lo que nos lleva a un concepto de autoría diferente al habitual en los dos últimos siglos en la poesía occidental, asentada en el inamovible texto impreso y en la relación privada de la lectura del libro, pero que no difiere mucho a cómo se desarrolló la poesía en los siglos precedentes, a cómo viajaban los romances, las coplas, los versos de los trovadores…Una vez más la aparente contradicción de una tecnología que nos devuelve a los orígenes. Por medio quizás quede en la cuneta el inmensurable ego de los poetas, pero quizás vayamos más ligeros sin tan pesada carga.
Esto es duro, estoy convencido de que los poetas hemos quedado fuera de las amargas disputas alrededor de los derechos de autor y de la propiedad intelectual que se están dando en otras actividades porque tenemos asumido desde hace tiempo que nuestro humilde arte no nos va a dar de comer, y tampoco hay una industria detrás nuestra, como existe en el caso del cine y la música: No hay puestos de trabajo en juego o grandes regalías tras la copia de un poema, casi que se agradece…por eso, me permito saltarme uno de los aspectos más significativos del desarrollo de las tecnologías digitales enredadas: el que gira alrededor de los derechos de autor y la mal llamada “propiedad intelectual”.
Pero, ¿ni siquiera tendremos el aliento, el calor de ser reconocidos como autores? Bien, no sé, no leo el futuro, pero está claro que existen las herramientas al alcance de cualquiera para que el poema que publicamos mute casi desde ese momento. Pero, amigos, eso es algo que le pasó a la poesía siempre, y ¿es importante? Aún hoy se discute en Inglaterra quien fue el autor de las obras de Shakespeare. Que sea uno o otro ¿le quita valor a dichas obras? ¿Reduce su sentido? Mejor tomárnoslo con calma…y aprovechar las posibilidades de poetizar de otra manera que la nueva situación puede ofrecer-nos. Alrededor de la poesía se ha generado una especie de afán biografista, entre la investigación seria y el cotilleo, que tal vez podamos ahora superar, si asumimos que lo importante es el poema, y no tanto el poeta. Así, no será difícil en el futuro ( o ya mismo, si me aprientan) encontrarnos con poemas cuyos autores estén perfectamente identificados, otros de los que se deduce una producción colectiva, otros de autor puramente desconocido (por voluntad propia o mala pata)… y poemas con múltiples versiones, que obligen a los filólogos del futuro a ser una especie de “data miners”, buscando el grial, el número premiado de la “obra original”. Tiempos divertidos para aquellos que no se tomen demasiado en serio a sí mismos…
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