Rescatando a un ministro

Posted on Octubre 14, 2006

Pocas semanas fue Nicolás Estévanez ministro, durante el agitado año que duró la Primera República española, y seguramente se calentaría conmigo, y debía ser de calenturas sonoras, si viera que me refiero a él como “ministro”, sin más.

Estévanez es uno de mis personajes favoritos del siglo XIX español, canario nacido en Gran Canaria y criado en Tenerife, vivió una vida agitada y contradictoria. Militar de corazón, odiaba la guerra, y en su imprescindible “Fragmentos de mis Memorias”, fue capaz de escribir cosas como la siguiente, sobre la campaña de África que culminó con la batalla de Castillejos (las cursivas son mías):

Entre sus muertos vimos ancianos de barba blanca, mozos imberbes, soldados en la plenitud de su vigor. Sembrados en desorden por el campo y en las grietas de los riscos, empuñando aún las gumias o las espingardas, con los pechos atravesados o con los craneos rotos, no inspiraban solamente la compasión debida a los difuntos, sino el respeto que merecen los que luchan y se sacrifican por la independencia de su patria.

Físicamente, aquellos muertos hacían pensar en los moros de nuestra leyenda medieval; y eran idénticos a nuestros mismos soldados, morenos y enjutos como éstos, altivos aún en la muerte, quizás más vigorosos por menos civilizados.

Aquellas víctimas de nuestras balas me interesaban tanto o más que nuestros muertos, no sé si por ser africanos como yo o porque es más sensible el sacrificio de los que no tienen culpa del desastre.

Este era Estévanez; en Cuba, siendo parte de un ejército colonial, denunció sus abusos y adelantó cuales serían sus consecuencias, republicano casi anarquista, acabo siendo ministro por un corto período de tiempo, hombre de acción y poeta, es autor de un poema que, en sus tiempos aquí en las islas se sabía todo el mundo de memoria, aquel que decía, entre otras cosas:

Mi patria no es el mundo;
mi patria no es Europa;
mi patria es de un almendro
la dulce, fresca, inolvidable sombra.

Estoy releyendo su “Fragmentos de mis memorias”, y me he encontrado con esta escena,ubicada en la Revolución de Septiembre que cerró el reinado de Isabel II, que tal vez explique porqué me cae tan bien este señor…

Pasé la noche en la plaza de Santo Domingo y calles inmediatas con un grupo de buenos progresistas y cuestionando con ellos en términos amistosos. Como todo el mundo disponía de armas, procedentes del parque, no cesaron los tiros - al aire, por supuesto- desde el anochecer hasta que amaneció. Uno de mis compañeros me decía:

–Estos desdichados se figuran que la libertad consiste en hacer cada uno lo que se le antoja…

–Y tienen razón -le respondí- pues si no consiste en eso, ni es libertad ni vale un pito.

–Pues tarde veremos eso…

–Usted y yo no lo veremos nunca; pero laboremos por la humanidad.

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