Vergüenza
Posted on Marzo 11, 2006
Y, sí. A ver como empiezo. Canario soy, por circunstancias vitales y elección. Canarios son mis hijos. No creo en los orgullos ni en los estigmas de origen, ni en toda la basura esencialista, que desde el siglo XIX alimenta guerras y masacres. Pero hoy estoy avergonzado. Siento mía la vergüenza por algo que no he hecho yo. Pero así es.
Ayer alguien quemó el Aula de la naturaleza de Tunte, donde se iba a dar alojamiento provisional a 81 menores (niños, adolescentes, vaya) inmigrantes. Durante semanas asistimos al vergonzante espectáculo de las instituciones insulares pasándose la pelota de unos niños sin casa y sin patria, y de unos partidos isleños cada vez más cercanos en su trato a estos problemas al ku klux klan. Se les hacinó en un pabellón polideportivo, mientras los encorbatados discutían sobre competencias y mis convecinos opinaban que donde fuera pero no cerca de ellos. El traslado a Tunte se acordó previa entrevista con el alcalde de la localidad al que se le “garantizó” que estos menores no se rozarían con los vecinos, y que ni siquiera se les vería por el centro de salud. Pero se ve que para algunos no era suficiente. Esta noche le pegaron fuego al Aula de la Naturaleza de Tunte.
Las reacciones parecen ser duras y firmes por parte del Gobierno Canario, y me ha sorprendido gratamente el tono del editorial del diario La Provincia, al que poco hay que añadir. Pero, me van a perdonar, siento vergüenza.
Porque estoy convencido de que esto no es un “brote xenófobo”. La xenofobia lleva siendo plantada en estas islas en hermosos macetones, y regada por las distintas fuerzas políticas y medios de comunicación irresponsables, por no llamarlos directamente criminales desde hace años. Anoche ardió el Aula de la Naturaleza de Tunte, y aquí andamos, dándonos golpes en el pecho que casi darían risa, si no me dieran vergüenza.
Porque esta xenofobia, decía, es regada continuamente: por el Sr. Paulino Rivero, presidente de Coalición Canaria, que, cada vez que no le gusta una encuesta preelectoral, saca a pasear el fantasma de la ley de residencia, en nombre de una supuesta superpoblación que sólo existe en su cabeza y en la de los asesores que le alimentan la fantasía de ser los dueños del embudo. Por los muy variados representantes del Partido Popular, que alimentan el miedo al moro y al negro, y fabrican teorías como la de que las pateras son una vía de ingreso de terroristas islámicos. No me suena que ninguno de los participantes en el 11M hubiese escogido esa arriesgada, durísima forma de entrar en España. Por ciertos nacionalistas de izquierda, o que alguna vez lo fueron, que se muestra muy solidarios con el pueblo saharaui siempre que este no se salga de sus campamentos, pero que no quieren un puñado de niños alrededor de sus casas garajeras que puedan amenazar entre otras cosas su/¿nuestra? identidad (otro concepto fantástico para alimentar a las pandillas de la porra). Por medios de comunicación que chillan ¡Invasión, invasión! en los titulares sobre las fotos de cada puñado de muertos de hambre que arriban a estas costas africanas.
Porque lo cierto es que mientras se habla de superpoblación, se alimenta una economía basada en el ladrillo por doquier y el dinero fácil, mientras se abomina de la arribada de pateras nos vamos a cantar pío pío al pie de las escalerillas del Queen Mary II y sus bien alimentados pasajeros, y mientras se habla de limitar los flujos de población por nuestra delicada condición insular, dejamos que se establezcan las mafias de todo tipo y color. Pero no nos confundamos. La mafia que más jugo le saca a esta confusión, es la que componen familias que llevan siglos cortando el bacalao en estas islas, a las que les viene muy bien que echemos la culpa de nuestra pobreza al último colombiano que llegó o al último polaco, en vez de a sus tan sonoros apellidos, a sus intereses negociantes, siempre avecindados en las cercanías del poder y de los centros de decisión de la economía insular.
Hace unas semanas, unos animalitos, productos de la decadencia galopante de nuestro sistema educativo, hace ya muchos años transferido, le pegaron una cuerada a dos personas, porque no les gustaron su tono o su acento: una era un profesor de una universidad peninsular de visita aquí para participar en un tribunal de la Universidad de La Laguna, el otro era Maximiano Trapero, peninsular también, y el hombre que junto con Jesús Cabrera Vidal, tal vez más ha hecho por el rescate y la puesta en valor de la cultura oral y las tradiciones poéticas populares de los canarios, esas que para muchos isleños urbanitas no son más que magadas. Otro “brote”.
Este 11M se nos ha visto el plumero como sociedad, a todos nosotros, con nuestra isla amable, nuestra tierra única y los demás eslóganes de mierda. Si una sociedad debe medir su grado de civilización por el trato que da a sus componentes más indefensos: niños, ancianos… se nos ha visto bien a las claras qué tipo de sociedad somos con estos niños, qué tipo de Canarias estamos construyendo, y hoy me doy un poco más asco que ayer.
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En lo que respecta a los extranjeros, hay que llevar bien arraigado en el alma que las relaciones con ellos son extremadamente sagradas, pues todas las faltas cometidas con los extranjeros o contra ellos están castigadas mucho más que las de los ciudadanos entre sí, por una divinidad vengadora. Y ello por la razón de que, al estar completamente solo, sin compañeros ni familiares, el extranjero inspira más piedad a los hombres y a los dioses; según eso, el que tiene más medios para protegerlos pone mayor empeño en su ayuda, y el que en toda ocasión y en mayor grado que todo el mundo puede hacerlo es el genio o dios de los extranjeros, que forma parte del cortejo de Zeus hospitalario. Es, pues, necesario que todo hombre, por poca que sea su prudencia, ponga cuidado en no cometer ninguna falta contra los extranjeros a lo largo de toda su vida y su continuo caminar hacia el término de esta. Platón. Leyes, V, 750a
… y es que vamos para adelante en eso de la civilización